coordinador editorial

Durante meses, el silencio de uno de mis mejores clientes me hizo pensar lo que muchos redactores y correctores tememos hoy en día: que la tecnología nos está dejando fuera de juego. Sin embargo, en este caso la automatización de procesos y el uso de la Inteligencia Artificial no vino a destruir mi espacio, sino a situar mi rol en un plano mucho más estratégico.

Esta es la historia de mi transición de redactor freelance a asumir funciones de gestión y coordinación editorial de proyectos —lo que en el entorno del marketing digital se conoce como content manager—. Este cambio, aparte de transformar mi función, resolvió un grave problema organizativo para mi cliente.

El riesgo de confundir producción con gestión editorial

Crear revistas digitales o catálogos corporativos parece una tarea sencilla gracias a las herramientas actuales. Sin embargo, muchas empresas confunden la capacidad de producir textos con la habilidad para gestionar un proyecto editorial.

El verdadero valor de nuestro perfil no está solo en la redacción, sino también en la estrategia, la coordinación y la tranquilidad que aportamos al equipo interno.

El experimento de la automatización, el caos logístico y la saturación

Durante mucho tiempo colaboré con una agencia de diseño y comunicación en la redacción de los contenidos de sus folletos, catálogos y revistas, tanto impresos como digitales. Todo marchaba bien hasta que la empresa decidió automatizar la redacción pura mediante herramientas de Inteligencia Artificial para reducir costes. Durante una larga temporada no supe más de ellos.

Por desgracia, esta decisión terminó destapando un problema estructural mucho mayor dentro de la organización. La tecnología cumplió su función técnica y generó los borradores con rapidez; sin embargo, una publicación digital o un catálogo es mucho más que un conjunto de párrafos alineados. Al eliminar la figura del redactor profesional desapareció un filtro de calidad previo a la maquetación.

El verdadero problema: el colapso en la gestión interna

Al final, toda la carga de elaborar escaletas, coordinar las secciones, recopilar los materiales de los clientes finales y dar coherencia al conjunto recayó sobre el dueño de la agencia, quien también asumía las funciones de office manager y la administración diaria del negocio.

Saturado por la gestión operativa propia de su empresa, se vio completamente desbordado por una responsabilidad ajena a su día a día que requería un criterio estrictamente editorial.

El caos en la producción y el estrés diario demostraron que las herramientas pueden producir palabras, pero no pueden gestionar personas, tiempos ni flujos de trabajo. El propietario comprendió que no podía seguir asumiendo ese rol y que necesitaba una figura de coordinación editorial cualificada.

Asumiendo las funciones de un «redactor jefe»

Pasado un tiempo, el cliente volvió a contactarme. Me explicó la sustitución de mis textos por la IA y me hizo una propuesta: ahora no buscaban un redactor tradicional que escribiera todo desde cero; necesitaban una figura de coordinación equivalente a un redactor jefe, que el cliente denominó content manager. Más allá de precisiones terminológicas, su objetivo prioritario era profesionalizar el producto final y, sobre todo, liberar a su equipo de una carga de trabajo inasumible.

Esto no significaba que fuera a dejar de redactar por completo, sino que mi flujo de trabajo cambió. A partir de ese momento, empecé a gestionar un modelo híbrido: textos parcialmente contenidos por el cliente, borradores generados por Inteligencia Artificial y piezas complejas que seguía redactando desde cero.

En cualquier caso, mis funciones trascendieron la escritura tradicional para centrarse, sobre todo, en la gestión operativa y el control de calidad editorial:

  • Coordinación y adaptación: Validar, filtrar y adaptar los materiales recibidos por el cliente final para asegurar que encajen en el diseño y los objetivos del proyecto. Trabajar con este cliente dichos contenidos y proporcionárselos al equipo de diseño listos para maquetar.
  • Periodismo de valor: Redactar de forma directa los artículos complejos, reportajes y entrevistas donde el trato humano y la empatía son obligatorios.
  • Dirección creativa: Proponer enfoques novedosos y temas de tendencia para mantener las publicaciones atractivas.
  • Control de calidad editorial: Garantizar la coherencia global, la veracidad y el estilo de la publicación, revisando con lupa titulares, entradillas y cierres.
  • Humanización de textos IA: Eliminar patrones mecánicos y aportar un tono natural, cercano y de marca.
  • Gestión de cuentas: Actuar como interlocutor directo con el área de comunicación del cliente final para centralizar las peticiones y evitar malentendidos.

Un cambio de rol que aporta tranquilidad

Esta experiencia me demostró que, a veces, el valor diferencial del profesional de la palabra está en su capacidad de gestión. Un proyecto de comunicación necesita un director de orquesta que entienda los tiempos, busque los materiales, conecte los departamentos y asuma responsabilidades.

Al incorporar la figura de coordinación, mi cliente no solo mejoró la calidad de sus revistas y catálogos, sino que recuperó la estabilidad operativa en su oficina. Esta evolución profesional no es solo una vía de adaptación para los redactores; es una necesidad vital para las empresas que buscan sobrevivir a la sobreproducción digital.