Los terrores nocturnos no son simples pesadillas. En el ámbito del desarrollo y la psicología infantil, se clasifican dentro de las parasomnias. Por definición, las parasomnias son trastornos de conducta y eventos anormales que ocurren de forma involuntaria durante las fases de sueño profundo.
Sin duda, ver a un niño gritar, llorar o agitarse en este estado es una experiencia alarmante. Sin embargo, no es un trastorno grave y suele remitir en la adolescencia.
En los últimos años, la ciencia ha descubierto nuevos desencadenantes de los terrores nocturnos que van más allá del simple «estrés». ¡Te compartimos una breve guía actualizada!
Diferencias clave: ¿Cómo distinguir los terrores nocturnos de las pesadillas?
| Características | Terrores nocturnos | Pesadillas |
| Fase del sueño | Sueño profundo NO REM (fases 3 y 4). | Ocurren en el sueño REM. |
| Momento de la noche | Primer tercio de la noche. | Último tercio de la noche. |
| Reacción con padres | Rechaza el contacto o no te reconoce. | Busca consuelo, abrazos y luz. |
| Recuerdo al despertar | El niño no recuerda absolutamente nada. | Recuerda el contenido del sueño. |
| Facilidad para despertar | Es muy difícil despertarlo. | Se despierta con total facilidad. |
Causas y nuevos factores predisponentes
Los terrores nocturnos tienen una incidencia notable en la población infantil, afectando a entre el 1% y el 6% de los niños, principalmente entre los 4 y los 12 años.
Aunque los menores que los padecen no suelen presentar historiales psicopatológicos complicados, estos episodios tienen bases muy claras. Y la literatura científica nos demuestra que no ocurren por «llamar la atención». Como base de estos trastornos la investigación clásica ofrece dos causas determinantes:
- Falta de sueño y cansancio extremo: Irse a la cama demasiado tarde altera la estabilidad del sueño y es el principal combustible de un terror nocturno.
- Tensión emocional: El estrés durante el día (un examen, un conflicto, etc.) puede actuar como desencadenante. Asimismo, hechos vitales estresantes o traumáticos recientes (pérdida de un familiar, separación de los padres, cambio de colegio…) pueden incrementar la frecuencia de estos episodios.
No obstante, la Asociación Española de Pediatría y los expertos en cronobiología destacan estos tres nuevos factores críticos en sus últimas investigaciones:
- Problemas respiratorios: Los estudios más recientes de la Asociación Española de Pediatría (AEP) advierten de que los niños que roncan o respiran por la boca por la noche boca (por amígdalas grandes o vegetaciones) tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir parasomnias, incluidos los terrores nocturnos. Esta respiración deficiente fragmenta el sueño profundo y actúa como un detonante físico directo.
- Uso de pantallas: Los nuevos consensos sobre higiene del sueño indican en que la estimulación luminosa de tablets, móviles o televisiones antes de acostarse altera la producción de melatonina natural. Esto interfiere en la transición hacia el sueño profundo (fases 3 y 4) e incentiva la aparición del episodio.
- Genética: Hoy se sabe con certeza que los terrores nocturnos tienen una fuerte carga hereditaria. Si uno de los padres sufrió sonambulismo o terrores de pequeño, los hijos tienen mayor la probabilidad de padecerlos.
¿Qué deben hacer los padres?
- Mantén la calma y vigila: Tu tranquilidad es clave. Solo asegúrate de que no se caiga ni se golpee con objetos cercanos. Deja que el episodio evolucione y termine de forma natural.
- No intentes despertarlo: Forzar el despertar le causará desorientación y prolongará la agitación.
- Corta el ciclo (técnica de los despertares programados): Si los terrores nocturnos ocurren siempre a la misma hora (por ejemplo, dos horas después de conciliar el sueño), una técnica efectiva es despertarlo suavemente unos 15 o 30 minutos antes para romper la fase del sueño profundo. Con romper su ciclo de sueño un instante bastará para evitar el episodio.
- Cuida la higiene del sueño: establecer horarios fijos para acostarse, eliminar las pantallas dos horas antes de ir a la cama y realizar actividades relajantes al final del día reduce la aparición de crisis.
Si los episodios provocan que el niño desarrolle ansiedad diurna o miedo crónico a dormir solo, la intervención psicológica con técnicas de relajación infantil es la solución más efectiva.


